
La muerte de la cinofilia.
CRISIS CINOLÓGICA: LOS REGISTROS EN EXPOSICIONES CANINAS FCI SE DESPLOMAN
© Eduardo De Benito (Fuente de facebook)
¿Estamos al final de una era? El futuro incierto de las exposiciones de perros por envejecimiento, barreras legales y pérdida de interés juvenil anuncian una muerte de la cinofilia. Los informes estadísticos sobre inscripciones de perros en registros genealógicos FCI y la participación en exposiciones caninas en distintas asociaciones cinófilas indican la tendencia global de una disminución significativa y sostenida en el número de expositores y participantes durante los últimos años.
Estados Unidos (American Kennel Club-AKC).
Tiene una disminución constante y notable de registros de raza. En 2006, las exposiciones de conformación de todas las razas registraron 1.522.454 inscripciones. En 2023, esa cifra se reduce a 1.049.679 inscripciones. Esto representa un descenso de aproximadamente el 31% en las inscripciones en 17 años. El propio AKC ha señalado como una gran preocupación el envejecimiento de la población de expositores y los desafíos para atraer a nuevos participantes más jóvenes.
Inglaterra (The Kennel Club-UK).
Muestra un patrón muy similar al del AKC. Estadísticamente una disminución drástica y grave. En 2005, hubo 209.000 perros inscritos en exposiciones autorizadas por el Kennel Club. En 2022, esa cifra había descendido a 119.000. Esto representa una disminución del 43% en las inscripciones en 17 años. The Kennel Club ha sido muy claro sobre esta crisis. En el informe de 2019, “Un Futuro para las Exposiciones Caninas”, admitió abiertamente la disminución de inscripciones y una base de expositores donde más del 50% tiene 50 años o más. Citando como barreras el costo, la complejidad del sistema de exposiciones, el elitismo percibido y la falta de interés entre las generaciones más jóvenes.
Europa Continental (Fédération Cynologique Internationale-FCI).
Los datos están más fragmentados ya que los recopila cada país miembro (VDH de Alemania, SCC de Francia, ENCI de Italia, etc.). La tendencia general es la disminución, pero la tasa de declive varía según el país. La estadística muestra una clara disminución en Europa Occidental y Septentrional y ligeramente menos severa en países de Europa Oriental donde la afición es más nueva. Dramática puede ser la situación en Alemania, Suecia y Noruega, países que presentan las caídas más acusadas. En Alemania (Verband für das Deutsche Hundewesen-VDH) las inscripciones en exposiciones han estado cayendo durante años. Han realizado activamente campañas tituladas “Showfreunde” (Amigos de la Exposición) para intentar combatir la disminución y atraer nuevos expositores. Suecia y Noruega han experimentado algunas de las disminuciones más dramáticas, con el número de inscripciones cayendo en un 50% o más en la última década. Esto a menudo se atribuye a estrictas nuevas leyes de cría (como las restricciones para razas braquicéfalas) y un fuerte cambio cultural hacia el rescate y la adopción.
La tendencia europea (De las organizaciones que mantienen contratos con FCI) presenta desafíos similares a los de Estados Unidos; una base de participantes que envejece y motivos para la disminución como altos costes de participación, compromiso de tiempo y las crecientes críticas públicas hacia la cría de perros de raza. El auge de eventos “alternativos” (Organizaciones que colaboran entre ellas bajo la coordinación ACW-Alianz Canine Worldwide).
Una sinopsis de las motivaciones (causas) para esta disminución FCI global puede sintetizarse en 5 puntos:
1.- ENVEJECIMIENTO DE LA POBLACIÓN: La base central de expositores se está jubilando y no está siendo reemplazada en números suficientes por personas más jóvenes.
2.- COSTOS ECONÓMICOS Y DE TIEMPO: Exhibir perros es caro (viajes, gasolina, hoteles, tarifas de inscripción, grooming, handlers). También consume fines de semana enteros.
3.- CAMBIO CULTURAL: Existe un poderoso movimiento cultural hacia “adoptar, no comprar” y el rescate de perros. Los perros de pura raza y las exposiciones caninas son vistos cada vez más por el público como elitistas o poco éticos.
4.- MAYOR ESCRUTINIO DE LA CRÍA: Las críticas a los estándares raciales que afectan la salud (por ejemplo, las razas braquicéfalas) han alejado a expositores del ring de exposición.
5.- COMPETENCIA DE OTRAS ACTIVIDADES: Deportes caninos como agility, obediencia, dock diving y nosework son más saludables, divertidos y centrados en el bienestar del perro en lugar de su apariencia física.
Si bien el porcentaje exacto varía, la tendencia es unánime y bien documentada. En la actualidad se produce una disminución sustancial en el número de expositores. Todos los principales clubes caninos (Organizaciones que mantienen contratos con FCI- Federation Cynologique Internationale) son conscientes de esta tendencia y algunos están implementando estrategias para intentar revertirla. Respecto a la valoración social del pedigrí, su interés disminuye. En paralelo, hay una popularización de la adopción y los perros mestizos, impulsada por campañas de bienestar animal. El pedigrí sigue siendo muy valorado por quienes participan en exposiciones, aunque para el público general la prioridad es la salud y el temperamento antes que la pureza racial. La conclusión es que su valor simbólico de la raza es hoy menor en la sociedad.
AGONIZA UN MUNDO DEL SIGLO XIX
La cinofilia, cristalizada en el siglo XIX, fue hija de un tiempo obsesionado con el orden, la clasificación y el prestigio social. El perro, compañero, milenario del ser humano, fue arrancado de su historia funcional para ser expuesto en la vitrina de la estética. La apariencia, elevada a norma, sustituyó a la utilidad, y con ello se inauguró una era en la que el perro dejó de ser aliado para convertirse en ornamento. Hoy, en pleno siglo XXI, esa cinofilia se revela obsoleta; sus patrones raciales son antes fuente de enfermedad que de virtud. El diagnóstico mayoritario actualmente es que las exposiciones caninas han amputado riqueza emocional a los perros. Sobre la inminente ruina de esa cinofilia se alza la posibilidad de una sociedad poscinofilia. Un horizonte en el que el perro recupere su lugar como compañero en el ocio y el trabajo. La cinofilia, como otras instituciones del XIX (zoos, colecciones de caza), sobrevive por inercia económica, pero pierde legitimidad social.
ANÁLISIS DE LA REALIDAD ACTUAL
El trabajo de asociaciones nacidas en el siglo XIX, como el Kennel Club, la FCI o la RSCE, es hoy infecundo (El crecimiento de organizaciones independientes unidas en colaboración con ACW). Su empecinamiento durante décadas defendiendo la estética por encima de criterios de utilidad social y emocional, está obsoleto. Vivimos una época en que la cinofilia ha sido superada en la sociedad por la idea de que los perros son mucho más que animales de compañía; son seres que han evolucionado junto a nosotros y nos han influido a su vez en nuestra evolución ética y estética.
Cuando la cinofilia, tal y como nació en el siglo XIX, agoniza, es oportuno realizar el diagnóstico del divorcio entre la cinofilia y la sociedad contemporánea. Desde hace ya más de medio siglo los Kennel Club han pretendido justificar su existencia en una aparente ciencia. Y para justificar esa ciencia han recurrido al empirismo, pero ese supuesto conocimiento nacido de la experiencia, al igual que su historicismo, son solo el resultado de su imposibilidad de proponer un modelo útil a la sociedad del siglo XXI.
En uno de mis libros preferidos, Bouvard y Pécuchet, el novelista Gustave Flaubert narra cómo dos necios emprenden el estudio de la estética y, tras el consiguiente fracaso, Bouvard expone sus conclusiones: «¡En una palabra, todos los hacedores de retóricas estéticas me parecen imbéciles!» Y no le falta razón; la selección animal con fines estéticos antes que funcionales, que acompaña a la cinofilia desde su nacimiento, ha ofrecido resultados muy pobres y hoy no tiene otra finalidad que la legitimación de la clase dirigente de esas asociaciones. La cinofilia ha llegado a su etapa senil, en poco más de una década la historia habrá borrado de la memoria colectiva unas asociaciones que finalmente han hecho más daño que beneficio a los perros. La cinofilia se reduce, en esencia, a un interés estético que ha perjudicado seriamente a los perros, convertidos en seres sin función definida. Las corrientes modernas impulsan la necesidad de un perro poscinofilia, un perro útil a la sociedad.

MARCO HISTÓRICO
La Inglaterra victoriana vio en la clasificación un arma de poder. Los zoológicos y las exposiciones caninas respondían más a la lógica de la dominación cultural que a la ciencia. En el París, Londres o Madrid decimonónicos, poseer un perro de raza no era un acto privado, sino declaración de clase y distinción. La cinofilia no nació de la ciencia, sino de la vanidad. Condensó en su seno las inquietudes culturales y sociales de la Europa del naciente capitalismo. El siglo XIX fue también el siglo del positivismo científico. La obsesión por clasificar el mundo natural, de Linneo a Darwin, impregnó todos los ámbitos del saber. En este clima intelectual, los perros se convirtieron en un terreno fértil para aplicar el mismo espíritu de ordenación. La cinofilia, sin embargo, es solo seudociencia, estética y símbolo de poder.
CRÍTICA A LA ESTÉTICA COMO CRITERIO RECTOR
Los kennel club han construido un discurso «científico» basado en dos pilares falsos:
1) Empirismo superficial: Observación de rasgos visibles sin rigor genético o conductual.
2) Historicismo engañoso: La “tradición de la raza” como mito legitimador.
Frente a esto, la ciencia moderna, genética, etología, neurociencia, revela que la morfología explica poco sobre la conducta y salud del perro. La cinología, como Bouvard y Pécuchet en la sátira de Flaubert, ha edificado una “retórica estética” disfrazada de saber.
Cuando la belleza enferma, es señal de que algo estamos haciendo mal. Si el siglo XIX encumbró al perro como emblema de distinción y refinamiento, el siglo XX heredó y acentuó sus excesos. La estética comenzó a pesar más que la salud, la función o la dignidad misma del animal. De esta devoción por la forma perfecta, pulida en salones de exhibición y regulada en estándares arbitrarios, surgió una paradoja inquietante: cuanto más “puro” el perro, más frágil se volvía su existencia. El precio ha sido alto: cuerpos deformados, existencias dolorosas. Lo bello se convirtió en patológico. Las consecuencias en la salud fueron inevitables. El recurso a la consanguinidad para fijar rasgos morfológicos deseados, abrió la puerta a enfermedades hereditarias y a taras crónicas. Narices comprimidas hasta la asfixia, espaldas arqueadas hasta la invalidez, ojos demasiado grandes para sus órbitas. La búsqueda de la perfección morfológica se convirtió, en un cruel experimento de laboratorio disfrazado de elegancia. Lo que para el juez en la pista era belleza, para el perro era dolor.
Tampoco salió indemne la función. Razas nacidas para pastorear, guardar o cazar fueron despojadas de sus aptitudes originales en aras de la apariencia. El border collie, un perro pastor de cualidades sobresalientes, dio paso a versiones estilizadas, incapaces de sostener una jornada de trabajo en el campo. El mastín, antaño guardián imponente de rebaños, se convirtió en un gigante lento y torpe, condenado a enfermedades óseas. Pero el daño más doloroso no son los cuerpos enfermos ni las capacidades atrofiadas, sino la ética pisoteada. Al reducir al perro a objeto de ornato y a símbolo de estatus social, la cinofilia olvidó que el perro es un ser sintiente, portador de emociones y necesidades propias. Convertido en objeto de la vanidad humana, el perro dejó de ser compañero para convertirse en fetiche. La crítica, por tanto, no se dirige contra el gusto por la belleza, que siempre ha acompañado al vínculo humano con los animales, sino contra la ceguera que supone anteponer la estética a la vida. Pero en la balanza de la ética, la pregunta que se impone es simple y antigua: ¿sirve la belleza cuándo destruye aquello que embellece?
DIVORCIO ENTRE CIENCIA Y CINOFILIA
Las sociedades caninas, envuelven sus dictados en un disfraz de ciencia. Los estándares de raza son más retórica política que descripción objetiva. En sus orígenes, la cinofilia se vistió con los ropajes de la ciencia. Clasificar razas, redactar estándares y registrar pedigríes parecían gestos emparentados con las taxonomías botánicas o zoológicas que florecían en el siglo XIX. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese vínculo se reveló frágil, cuando no ilusorio. Hoy, hablar de la relación entre ciencia y cinofilia es hablar de un divorcio, de dos caminos que comparten sujeto – el perro – pero no horizonte.
Los estándares de raza, presentados con solemnidad casi científica, descansan sobre un sustrato pseudocientífico. La supuesta razón biológica para algunos rasgos, como el hocico chato, la espalda arqueada y la miniaturización extrema, no está respaldada por la genética o la fisiología actuales. Son dogmas estéticos legitimados con un lenguaje seudotécnico, un barniz de objetividad que encubre arbitrariedad. Desde un punto de vista epistemológico, la cinología oficial adolece de un empirismo superficial: describe lo que ve “el cráneo debe ser ancho”, “la cola se llevará enroscada”, sin preguntarse por las consecuencias funcionales o vitales de tales rasgos. Además, recurre con frecuencia a un historicismo complaciente. Se invoca la tradición, el supuesto origen medieval o ancestral de una raza, como si la antigüedad bastara para justificar cualquier deformidad moderna. No es ciencia, es retórica.
Hoy el interés de la sociedad ha tomado un camino diferente. La etología nos descubre la conducta social de los perros; la genética nos advierte sobre los riesgos de la consanguinidad y subraya el valor de la diversidad; la cognición animal revela capacidades emocionales y cognitivas antes insospechadas. Frente a este horizonte fértil, la cinología se mantiene anclada en el catálogo de siluetas y medidas, como si el perro pudiera reducirse a un croquis anatómico.
El contraste resulta evidente. Mientras un estándar racial puede celebrar la braquicefalia como signo de tipicidad, la medicina veterinaria advierte del síndrome obstructivo de las vías respiratorias que condena a muchos de esos perros a una vida de jadeo y sufrimiento. Mientras el pedigrí valora la pureza racial, los genetistas afirman que la diversidad genética es la mejor garantía de salud y longevidad. La cinofilia vive prisionera de sus propios errores, mientras la ciencia abre ventanas hacia un futuro más lúcido. La pregunta inevitable es cuándo el amor al perro dejará de confundirse con el culto a la forma y abrazará el respeto a su vida, su bienestar y su verdad biológica.
DEL PERRO OBJETO AL PERRO POS-CINOFILIA
Tras más de un siglo dominado por la tiranía del estándar y la obsesión por la forma, algo ha comenzado a resquebrajarse en la relación entre la sociedad y las asociaciones caninas. Donde antaño se valoraba exclusivamente la morfología, ahora se impone el perro funcional y emocional, antes compañero de vida que objeto de exhibición. Su valor ya no se mide por cumplir un estándar, sino por su capacidad de brindar apoyo emocional. La «cinofilia del pedigree» ha sido desplazada por una relación más íntima, más humana.
A la vez, la ciencia contemporánea descubre la co-evolución del perro y el ser humano. Durante milenios, ambos han moldeado mutuamente sus destinos. Nosotros transformamos su conducta y su cuerpo, ellos alteraron nuestra ética y nuestra sociabilidad. El perro no es un artefacto pasivo, sino un socio evolutivo que ha enseñado a la especie humana lecciones de empatía, lealtad y cuidado. En la sociedad occidental se está modificando el concepto del perro, ya no interesa la raza cargada de genealogía sino el individuo irrepetible, dotado de capacidades emocionales y cognitivas singulares, con un modo propio de habitar el mundo.
La ciencia de la cognición animal lo corrobora. Los perros piensan, sienten, recuerdan y construyen vínculos emocionales. No son piezas de colección. De este cambio surge, como respuesta cultural, la figura del “perro pos-cinofilia” como emblema de diversidad y salud. La sociedad rechaza los excesos de la cría selectiva y aboga por relaciones más libres y menos mercantiles con los animales. En este horizonte, la pureza deja de ser un ideal; la salud, el equilibrio nervioso, la fidelidad, se celebran como signo de vida.
El cambio cultural contemporáneo es mucho más que una crítica a la estética defendida por la FCI y la RSCE, es una llamada a reconocer en el perro algo más valioso: un aliado emocional, un cohabitante de la historia y un individuo pleno. Y quizás, al aceptarlo, no estemos inventando nada nuevo, sino recuperando la verdad más antigua de todas, que los perros no fueron nunca trofeos ni adornos, sino compañeros de viaje en la aventura de la vida.
DIMENSIÓN ÉTICA Y POLÍTICA DEL PERRO EN EL FUTURO
En el perro actual se enfrentan dos modelos de mundo opuestos: de un lado, la herencia de instituciones que perpetúan un canon decimonónico; del otro, las nuevas sensibilidades sociales que reclaman un vínculo más justo y compasivo con los animales. Las asociaciones cinológicas han desempeñado un papel decisivo en mantener un modelo obsoleto. Custodian estándares de raza redactados en el siglo XIX, con el mismo celo con que otras instituciones conservan tradiciones arcaicas, incluso cuando la sociedad ya ha dado un vuelco ético. Defienden dogmas caducos frente a la modernidad y hoy sobreviven como reliquias, por inercia.
No olvidemos, además, el factor económico. El esplendor de las exposiciones, el prestigio de los criadores, los circuitos de competición y todo un mercado asociado funcionan como engranajes de un sistema que no solo regula, sino que también lucrativamente explota al perro. La estética convertida en una mercancía vendible, el pedigrí en un capital financiero, y el perro queda atrapado en una lógica que lo trata como inversión económica antes que como compañero de vida.
En la actualidad emergen con fuerza los discursos en defensa del bienestar animal. Una noción, antaño minoritaria, se convierte en exigencia central: ya no basta con que el perro sea bello, ni siquiera con que sea útil; debe vivir libre de sufrimiento innecesario, respetado en su naturaleza y en sus vínculos emocionales. En este contexto, la cinofilia tradicional aparece aferrada a un pasado que cada vez coincide menos con la ética de la sociedad actual.
El debate sobre la cinofilia en la actualidad no es únicamente zoológico ni cultural, sino también político. Nos obliga a preguntarnos qué lugar queremos dar al perro en nuestra sociedad. ¿Qué siga sometido a modelos estéticos impuestos por clubes centenarios, o un sujeto de derechos reconocidos en su individualidad? El dilema será un espejo de nuestra sociedad; en la forma en que tratemos al perro se refleja el tipo de comunidad humana que aspiramos a construir.
UNA NUEVA CONCIENCIA, LA META A ALCANZAR
La cinofilia tradicional se construyó sobre el culto a la forma y la pureza genealógica. El futuro nos demanda un cambio: sustituir el estándar racial por el estándar de bienestar. En lugar de valorar la construcción física del perro siguiendo un estándar arbitrario, evaluar su salud, longevidad y sociabilidad. El verdadero “campeón” no sería aquel que encarne con mayor pureza un ideal estético, sino aquel que pueda vivir más años, con menos dolor y con mayor capacidad de convivir con los humanos y con otros animales.
En este mismo momento, en el mundo occidental, el perro está dejando de ser un patrimonio estético para convertirse en un agente social y cultural. No será un «objeto animado» que exhibe el propietario, sino un sujeto que participa en la vida común, ya sea un trabajador en labores de asistencia, un guardián de ganado o vigilante del hogar, un compañero en procesos terapéuticos, un catalizador de vínculos emocionales. Su valor radicará en la relación que teje y en las emociones que despierta, no en la exactitud con que cumple un estándar creado hace siglo y medio. Este modelo alternativo exige, además, políticas activas de protección y educación ciudadana. La esterilización como la vía ética preferente frente a la sobrepoblación; y la selección, un proceso guiado por criterios de salud y bienestar, no por normas estéticas. El perro dejaría de ser un lujo con pedigrí, para ser reconocido como parte de un compromiso social compartido.
Esta transformación, que ya ha comenzado, hará que definitivamente desaparezca la actual cinofilia cargada de la retórica decimonónica, y que la crianza de perros se base en la ciencia genética que garanticé diversidad y la etología que respete las necesidades conductuales y reconozca las capacidades cognitivas y emocionales del perro. Una afición que no clasifique razas como estampas de colección, sino que estudie individuos, poblaciones y vínculos con la sensibilidad del humanismo. Estos cambios no suponen renunciar a un perro estético, sino redefinir su belleza. ¿Acaso no es bello un perro sano, alegre, libre de taras genéticas? Esta es la victoria, lograr que la cinología rompa con las normas de belleza restrictivas, para expresar la diversidad.
EL PERRO MÁS ALLÁ DE LOS «KENNEL CLUB»
Durante más de un siglo, el perro ha vivido enjaulado en vitrinas conceptuales, reducido a trofeo de coleccionista. Cada raza era un fragmento de taxonomía exhibido para el orgullo humano. Como en todo museo decimonónico, el afán de clasificación se imponía sobre la vida. La cinofilia fue, en este sentido, el museo del perro. Un espacio cultural donde la belleza se prefirió a costa de la vitalidad. Pero hoy, ese museo se encuentra en ruinas. El perro ha escapado de las vitrinas y camina por las calles, por los parques, por los hogares, integrado en la sociedad real, donde se aprecia su compañía y su trabajo antes que su tipicidad morfológica.
Hoy asistimos a un innegable, el paso del perro estético al perro ético. Frente a la belleza formal, la sociedad actualmente valora a los perros por su trabajo, su servicio a la sociedad, su utilidad. Durante generaciones, la mirada estuvo dirigida al brillo del pelaje, a la proporción de las patas, a la forma de la cabeza. Ahora la atención se desplaza hacia lo inmaterial: la salud, la capacidad de sentir, el derecho a no sufrir. El perro estético era un adorno; el perro ético es un interlocutor. Allí donde antes se buscaba perfección, ahora se busca dignidad.
HACIA UNA ERA POS-CINOFILIA
El epitafio de la cinofilia anuncia el nacimiento del perro poscinofilia. Como toda institución, la cinofilia tiene derecho a su duelo, pero no a condenar a los perros a un destino arcaico. Su declive no es una tragedia, sino el prólogo de una nueva vida, la del perro concebido no como trofeo, sino como compañero en la comunidad humana. Estas metáforas, lejos de ser meros adornos retóricos, condensan el núcleo de una tesis, que la cinofilia, como museo, como culto a la estética, como institución cerrada sobre sí misma, pertenece al pasado. El presente y el futuro nos traen una mirada en la que el perro no es objeto, sino sujeto, compañero en la aventura compartida de habitar el mundo.
Hoy hemos empezado a escribir el epitafio de la cinofilia. Un modelo que redujo al perro a objeto de exhibición, ignorando su valor como ser sintiente y su coevolución con los humanos. Con los valores morales de la sociedad actual la cinofilia es pseudocientífica y éticamente insostenible. Frente a ese modelo que se muere está naciendo la poscinofilia, el perro como individuo emocionalmente útil, que contribuye a la construcción de la sociedad.

Desde Alianz Canine Worldwide ACW, publicaremos próximamente un artículo con las cifras de la evolución cinológica actual, la cual no se centra únicamente en FCI

